Historia de un desubicado

Ni a Tarzán ni a King Kong les sentó nada bien que les llevaran a Nueva York. A ambos les sacaron a la fuerza de su hábitat natural, aquel en el que nacieron y en el que eran auténticos reyes, donde tan bien se desenvolvían y tanto respeto les tenían. Por eso cuando les qui­sieron convertir en monos de feria se sintieron acorralados y fuera de sitio, por lo que reaccionaron mal e incluso con violencia. Tarzán se desprendió del disfraz de camisa y corbata con el que le querían mantener preso y se tiró por el puente de Brooklyn para escapar a nado mientras que el simio rompió las cadenas, se dio un paseo por la Gran Manzana y subió al Empire State, todo un callejón sin salida del que nunca salió con vida.

Uno puede verse fuera de sitio por haber sido desplazado a la fuerza, como en el caso de los dos históricos personajes procedentes de la jungla, o bien por haberse equivocado de lu­gar y de momento, como les sucede a los jóvenes protagonistas de ‘Stran­ger Things’ en el inicio de la segunda temporada. Ellos están ilusionados con sus perfectos disfraces de ‘Ca­zafantasmas’ y con ellos acuden al colegio, donde se supone que van a celebrar Halloween. Estaban equivocados. De pronto, se dan cuen­ta de que el resto va vestido normal, por lo que pasan a ser unos bichos aún más raros de lo que ya eran. Al menos, desde el punto de vista de los demás, el de la mayoría.

El novato.
Los protagonistas de la serie de Ne­tflix sabían que no es fácil convivir en un instituto. Menos aún cuando uno es un recién llegado. En la notable película francesa ‘El novato’, dirigi­da por Rudi Rosenberg en el 2015, se cuenta la historia de un joven que acaba de emigrar a París procedente de una zona rural. No es ningún paleto, pero se encuentra con la a menudo ardua mi­sión de hacer nuevos amigos en plena pubertad. En el caso de ‘Las ventajas de ser un marginado’, película en la que Stephen Chbosky adaptó su pro­pia novela, que tiene mucho de auto­biográfica, el personaje principal encuentra la dificultad de adaptarse al instituto tras haber ter­minado la Primaria. El primero no era ningún raro -sus amigos lo serán más-, y, sencillamente, era el nuevo de la clase. El segundo sí se acerca más al perfil de ‘friky’, pero ningu­no de los dos se encuentra en esa si­tuación de desamparo por haber sido trasladado con violencia a su nueva realidad ni por haberse equivocado de fiesta. Ambos han saltado a otra etapa y aún no saben dónde está su sitio.

También la vida ha llevado a Mario Jorrín en las últimas semanas a per­derse buena parte de los partidos de su equipo, que es el Rayo Cantabria, para ir convocado con el primer equi­po del Racing. Es lo que se espera del filial ver­diblanco, que surta de jugadores a Fernández Romo cuando a éste le surja algún espacio en blanco en su plantilla. Éste se ha localizado última­mente en el lateral derecho por la co­incidencia en el tiempo de las lesiones de Unai Medina y Dani Fernández, a las que se ha sumado ahora la de Álva­ro Mantilla. El cuerpo técnico decidió jugársela con este último el pasado sá­bado a pesar de no haber podido ejer­citarse con todos durante la semana y salió mal, ya que a los 38 minutos tuvo que pedir el cambio.

Mario Jorrín.
El técnico verdiblanco se quedó, de pronto, sin sus tres especialistas para el puesto del ‘dos’. Era momento de echar mano de la cantera, de ese fut­bolista que había sido reclutado las últimas semanas por si sucedía lo que sucedió ante el Málaga. El entrenador le mandó a calentar pero fue por di­simular, para dar a entender que, en el fondo, sí estaba valorando meterle. No fue verdad. Apostó por un medio centro como Aritz Aldasoro para ju­gar en el lateral derecho en lugar de por el especialista de esa posición del filial. Fue entonces cuando Mario Jo­rrín, como otros marginados, se pre­guntó no sólo qué demonios estaba haciendo ahí, sino también por qué le habían convocado todas las sema­nas anteriores privándole de, por lo menos, jugar en el filial.

El canterano podría protagonizar una de esas películas de inadaptados de instituto en las que, sobre todo, suelen flotar tres temas fundamen­tales: la exclusión social, la pérdida de la ingenuidad y el primer amor. Este último sucedió cuando Jorrín fue reclutado el curso pasado por el primer equipo. Dio la impresión de que le entró por el ojo a Fernández Romo, que le colocó incluso por de­lante de Ceballos, pero después pasó al ostracismo. Ahora, en Segunda Di­visión, prefiere a cualquier otro fuera de sitio que a él. Es entonces cuan­do el jugador se puede llega a sentir un inadaptado social porque no sabe muy bien por qué está en la dinámica del primer equipo si ni lesionándose tres jugadores de su puesto cuentan con él, algo que quedó acreditado el domingo. Fue entonces cuando, defi­nitivamente, se fue al traste cualquier atisbo de ingenuidad que le pudiera quedar.

En la película de ‘El Novato’, el pro­tagonista se debate durante buena parte del metraje entre la lealtad a sus extraños nuevos amigos y el de­seo de no quedar como un perdedor. El director podría haber caído en la tentación de los tópicos al contar la historia, pero los libra bien. De hecho, los personajes ni siquiera son mani­queos y los supuestos malos tampo­co lo son del todo. Como tampoco lo son los que ponen un tapón a la posi­ble progresión de Jorrín. Nadie pue­de acusar a Fernández Romo de no ponerle porque parece evidente que no le ve preparado para jugar en Se­gunda División. No le gusta y ya está, no pasa nada. Lo que no se entiende es que se lo haya llevado convoca­do las últimas semanas cuando sa­bía que no le iba a poner sucediera lo que sucediera con el resto de late­rales diestros.

Las ventajas de ser un marginado.
En el fondo, en esos institutos como los que aparecen en ‘El Novato’, en ‘Las ventajas de ser un marginado’ o en otras muchas películas como ‘El club de los cinco’ o incluso ‘Grease’, se aprecia cómo en la sociedad co­legial, como en la real, hay también clases sociales y, por lo tanto, lucha de clases. Hay personajes que ya tie­nen una personalidad superior ad­quirida y con capacidad de aliarse y apoyarse en el grupo, luego está el pueblo llano que pasa inadvertido, el que lucha por encontrar un ascensor social que le permita subir al siguiente nivel, y, finalmente, los que se quedan fuera de todo ese juego y aceptan su rol de perdedores de instituto. En un equipo de fútbol también hay clases y galones que cuesta traicionar. Los entrenadores las tienen en cuenta porque saben que es fundamental mantener la buena salud del vestuario. Y poner a jugar a un futbolista del filial en lugar de a otro del primer equipo por mucho que a éste haya que sacarle de sitio exige confianza, valentía y quizá hasta un cierto grado de imprudencia.

La esperanza está en recordar que la vida da muchas vueltas y que no son pocas las historias de genios del mundo de la cultura que cuentan cómo pasaron la pubertad y la ado­lescencia perteneciendo a ese grupo de inadaptados al que pertenece ahora Mario Jorrín. A éste sólo le queda seguir hacia delante sabiendo que el fútbol puede dar mu­chas vueltas, que a menudo tienen que coincidir muchas estrellas ali­neadas para tener una oportunidad de verdad y que, al final, él mismo podría acabar siendo el protagonista de una histo­ria de superación. Una historia que arrancaría con él llegando nuevo a un instituto donde no conoce a nadie, donde no sabe muy bien cuál es su papel y donde todo son problemas, ya que a esas edades se vive todo de manera muy intensa. Pero el tiempo pasa y es posible que se acabe construyendo una azotea desde la que mirar a todos. Puede in­cluso que, como canta León Benaven­te, recuerde mañana con media sonrisa todo lo que hoy está viviendo de manera intensa como un huracán. Quizá, ciertamente, llegue el día en el que Jorrín se pueda reír de todo lo que ahora le hace explotar la cabeza.

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