El duro proceso de transformación

Lo más interesante de las películas de superhéroes es la génesis del per­sonaje. Es decir, el proceso que lle­va a una persona normal a conver­tirse en un supuesto salvador de la humanidad: saber cómo consiguió poderes especiales, cómo descubrió que los tenía, lo que supone tenerlos y qué le hizo, finalmente, dar el paso definitivo para disfrazarse y salir a la calle a luchar contra el mal. No es fá­cil. «Un gran poder supone también una gran responsabilidad», le dice su tío a Peter Parker antes de convertir­se en Spiderman. Toda transforma­ción conlleva un proceso, la necesi­dad de admitir que se ha producido un cambio y la obligación de utilizar esas herramientas que alguien o algo te ha concedido para beneficio co­mún. Como en todo camino del hé­roe, de partida hay una negación pero al final no queda otra que asumir esa nueva realidad. «Aparta de mí este cá­liz», dijo primero quien poco después terminaría dejándose crucificar para salvarlos a todos. Y es el camino que lleva de la normalidad a lo extraordi­nario lo más interesante de este tipo de historias, ya que después se suelen convertir en algo más convencional. Por eso ‘El protegido’ es la mejor pe­lícula de superhéroes.

El protegido.
Lo que en otras cintas de hombres extraordinarios dura veinte o treinta minutos, en la de Shyamalan dura todo su metraje. No le interesa lo que le sucede después al protagonista, sino saber cómo puede afectar a una persona normal con problemas mun­danos conocer que tiene poderes es­peciales, adquirir la consciencia de que es prácticamente imbatible y de que es, de hecho, un superhéroe que tiene la responsabilidad de usar sus dones para salvar a la gente del mal. Una vez superado este proceso, surge otro: ¿quién le ha mandado a él ejer­cer de justiciero? ¿En qué momen­to se ha firmado ese contrato social que le da legitimidad de actuar con­tra los que él decide que son los ma­los? ¿Quién vigila al vigilante? Esas disyuntivas filosóficas ya no las trata de resolver el personaje al que da vida Bruce Willis, sino que acostumbra a ser cosa de Batman.

Pocas dudas hay de que las mejo­res películas del hombre murciélago son las tres dirigidas por Christofer Nolan. Y la primera de ellas, ‘Batman begins’, se centra en lo más intere­sante: el origen del personaje y tra­tar de explicar cómo el joven Bruce Wayne que abandonó Gotham City vuelve siete años después dispuesto a convertirse en el oscuro defensor de la ciudad. Se centra, por lo tanto, en una etapa que no se había tratado en las películas anteriores y sobre la que incluso habían sobrevolado de mane­ra muy tímida los cómics. Entendió el director, junto al guionista David S. Goyer, que había ahí suficientes espa­cios en blanco que llenar y que podía aprovechar para contar una historia de iniciación que dé paso al superhé­roe. Y, como todos, suele ser un pro­ceso traumático cargado de dudas y de iniciales imprecisiones. Algo simi­lar, en definitiva, a lo que ha llevado al Racing de ser prácticamente un paria a convertirse en un equipo a tener en cuenta en Segunda División.

El equipo verdiblan­co se ha tenido que transformar para ser tenido en cuenta en la categoría. Cuando comenzó el curso era un tipo normal con los problemas habituales de un habitante del primer mundo. Sentía que sus mejores tiempos, los del ascenso y los de ser uno de los equipos de referencia de Segunda B, habían pasado y daba la impresión de ser un nido de frustraciones ante la nueva realidad que le tocaba afrontar. Apareció enlazando cuatro derrotas en otras tantas jornadas sin ser ca­paz de marcar ni un solo gol, por lo que fue fácil entender el miedo a no resultar competitivo. Y quería serlo. Y lo consiguió. Apenas mes y medio después, parece otro. Se ha metamor­foseado. Ha encontrado sus pode­res, los ha asumido, ha aprendido a utilizarlos y hoy en día es uno de los equipos más en forma de toda la Se­gunda División. ¿Cómo ha sucedido eso? Es probable que estemos viviendo el momento más interesante del relato que le está tocando escribir este curso.

Todo proceso de transformación exige cierta dosis de sufrimiento como la que sufrió el propio Racing. Hoy en día todo parece pintado de color de rosa pero si no llega a ganar en El Molinón, quizá se habrían pre­cipitado los acontecimientos y a na­die le habría extrañado que incluso hubieran cesado al entrenador. Sin embargo, ganó y ahí comenzó una nueva historia en la que pasó de per­der los primeros cuatro partidos a per­der sólo uno de los siete siguientes. Ya tiene doce puntos y está instalado en mitad de tabla. Sin embargo, para llegar hasta ahí han tenido que pasar muchas cosas.

The addiction.
Los vampiros, como los superhé­roes, también sufren hasta adqui­rir su nueva realidad. Es algo que a menudo se saltan algunas películas centrándose en el aura romántica y filosóficamente sufriente que suele acompañar a estos personajes, pero aparece muy directamente en ‘La adicción’, de Abel Ferrara, o en ‘Los viajeros de la noche’ de Ka­thryn Bigelow. Los protagonistas de ambas cintas son mordidos por sen­das no muertas de afilados colmillos, lo que los condena a la vida eterna. Las propias víctimas se van a conver­tir en vampiros pero, hasta culminar el proceso, el cuerpo sufre una trans­formación interna dolorosa que que­da reflejada en las dos historias de manera patente. Una vez que culmi­nan este ciclo y entran con plenitud en su nueva realidad, adquieren otro brillo, pero hasta llegar ahí hay que pasar tantas calamidades como las que sufrió el conjunto cántabro.

Al Racing comenzaron marcán­dole muchos goles. No sólo eso, sino que incluso le generaban tanto que Miquel Parera fue el héroe de buena parte de esas derrotas que acumu­ló en las cuatro primeras jornadas. El técnico no terminó de encontrar una pareja de centrales que se sin­tiera poderosa al tomar decisiones previas atendiendo más al nombre y la trayectoria de los aspirantes que a su verdadero rendimiento. También tenía el equipo a medio hacer, lo que le obligaba a actuar sin un media pun­ta nato, alguien que se supiera des­envolver en la posición donde tanto diera Pablo Torre el curso pasado. Su sombra amenazó con ser demasiado gigante hasta que llegó Pombo, que, a su vez, permitió que Juergen jugara en su posición y, por lo tanto, empe­zara a aportar de verdad.

El Racing daba la impresión de que no le daba porque ni defendía bien ni era capaz de generar peligro en cam­po rival. Para colmo, parecía rodea­do de un aura negativa que hacía que toda circunstancia inesperada fuera en su contra. Mereció más en un par de partidos pero todo fue sufrimien­to. Incluso a Fernández Romo se le vio tocado tras algún partido quizá intuyendo de verdad que no le iba a dar con lo que tenía. Su mensaje, aún así, no cambió y, templado como es, siempre habló de procesos y de rela­ciones. Lo de siempre. Era consciente de que su equipo se estaba constru­yendo, que el Racing en ese momento era David Dunn tras ser el único su­perviviente de un accidente de tren en ‘El protegido’ o Bruce Wayne cuando, tras fracasar su intento de venganza en ‘Batman begins’, decide recorrer el mundo para aprender a confrontar las injusticias y, tras empezar a en­tender la mente de los criminales, es reclutado por la Liga de las sombras. Se ha transformado y esa transforma­ción generó dolor. Quien le viera jugar en Granada o Tenerife y le haya visto actuar en Huesca el pasado fin de se­mana con las piernas cansadas pero con tremenda solvencia, no se podrá creer que sea el mismo equipo.

Si algo ha hecho fuerte al Racing es salir a jugar con las ideas claras. Es algo que no tienen todos y de eso se ha aprovechado todo este tiempo. Sobre todo, en una semana con tres partidos en seis días en la que se juga­ba su credibilidad y que ha solventado con nota. Se midió a un Levante y a un Zaragoza que no sabían qué que­rían ser de mayores y les ganó bien. En El Alcoraz se midió a un equipo mucho más parecido a él mismo y eso se notó. El partido fueron dos rocas chocando entre sí.

Los viajeros de la noche.
La maquinaria, en definitiva, pare­ce engrasada y se ha puesto en mar­cha. La locomotora ha adquirido ve­locidad de crucero pero todos saben cómo funciona esto. Hay que meter carbón. Y es que, los vampiros que ya han adquirido y asumido su nue­va realidad necesitan alimentarse. Jane, la protagonista de la película de Abel Ferrara, se convierte en una devoradora mientras que Caleb, el de la obra de Bygelow, se resiste a ello. Lo que ambos sufren cuando no con­siguen sangre es un malestar muy si­milar al del síndrome de abstinencia de un heroinómano. El paralelismo es evidente. En el fútbol la droga son los puntos. Todo equipo los necesita para sobrevivir, por lo que el Racing, tras culminar su proceso de transfor­mación, necesita devorar sangre. Y la Ponferradina ha de ser la siguien­te víctima.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El peligro del principio feliz

La cantera, con sarcasmo

El valor de la pandilla ochentera