Ve y cuenta lo que fuimos
La diferencia entre un artesano y un artista está en la firma. El segundo la empezó a utilizar para diferenciarse del primero desde el día que se consideró superior. Ambos partieron del mismo lugar, se confundían entre sí, pero llegó un momento en la historia en el que alguien levantó un muro para separar ambos gremios. Uno siguió perteneciendo a la clase trabajadora, sudaba y apenas era reconocido socialmente una vez que cobraba por su anónimo trabajo. El otro subió un par de peldaños en la escala social y se le atribuyeron méritos de reflexión e intelectualidad, de estar incluso en contacto con el más allá para recibir inspiración, por lo que también pasó a cobrar más por su trabajo. Y para fortalecer esta distinción había que acabar con el anonimato. Por eso se pasó de los cuentos y leyendas cuyo origen nadie podía especificar y que se difundían a través de generaciones de boca a boca a la novela escrita en la que, salvo raras excepciones, siempre se ha destacado el nombre del autor.

De Niro y Hoffman, en La Cortina de humo.
La ambición por trascender ha estado habitualmente
detrás de todo creador. Al personaje de Dustin Hoffman en ‘La cortina de
humo’ le costó la vida. La película dirigida por Barry Levinson, el autor
de ‘Rain man’, ‘Good morning Vietnam’ o ‘Sleepers’,
cuenta, a partir de un guión que lleva la firma del gran David Mamet, las
maniobras que tuvieron que realizar en la Casa Blanca para ocultar un escándalo
de abusos sexuales del presidente a diez días de las elecciones. Contrataron a
un productor de Hollywood y, directamente, se inventaron un conflicto y una
guerra contra Albania regalando a los medios de comunicación historias del
bien contra el mal a partir de imágenes supuestamente irrebatibles. Desde ese
momento, los asuntos turbios del comandante en jefe ya pasaron a segundo o
tercer plano. De hecho, recuperó su papel de líder del mundo libre para salvar
al mismo de la tiranía albanesa. Como la vida misma.
El plan sale bien. Tan bien que Stanley Motss, que es como se llama el personaje de Dustin Hoffman, siente una tremenda frustración por no poder contar al mundo la obra de arte que ha creado. Obviamente, todo el trabajo, esa ficción que había construido y que el mundo entero se había creído, debía mantenerse en secreto. Cuando desde la Casa Blanca se percatan de que, por puro ego, está a punto de hacer público que toda esa guerra inevitable contra Albania había sido una creación suya, le ofrecen un puesto de embajador y le regalan el aviso de que se está jugando la vida, pero él quiere sacarlo todo a la luz, por lo que, finalmente, le matan. Ese deseo de trascender, de gozar de un reconocimiento público, acabó con él. El artesano habría cobrado y se habría puesto con otra cosa, pero el artista cayó en la trampa.
Al Racing también le condenaron al ostracismo la pasada
semana. Ganó el primer título de la historia de una categoría recién creada y,
después de muchos años, levantó un trofeo. El capitán subió al palco para
recogerlo, no de manos del presidente de la Federación porque no acudió para
no tener que sufrir el bochorno que había ideado, sino de otra personalidad que
nadie sabía muy bien quién era. A su lado, pletórico, estaba el presidente
Alfredo Pérez. Después, Íñigo bajó al campo, donde le esperaban sus compañeros
en un escenario recién montado, y junto a ellos volvió a levantar la copa con
confeti y fuegos de artificio detrás. Un sueño hecho realidad. Como si de la
Champions se tratara. Debió haber sido una auténtica fiesta pero todo sucedió
a escondidas, con apenas doscientas personas en la grada, como si la gran final
se hubiera disputado a puerta cerrada. Si uno ampliaba el foco, era todo muy
triste. De hecho, la icónica imagen ni siquiera fue foto de portada al día siguiente
en ninguno de los dos periódicos impresos de Cantabria.
Todo fue perfecto, excepto que no hubo aficionados.
El Racing se debió sentir como Motss al conseguir en silencio y sin un público que le aplaudiera que el mundo entero se tragara una mentira como un piano gracias a sus producciones audiovisuales o como Tom Doniphon en ‘El hombre que mató a Liberty Valance’. Durante décadas se pensó que lo había hecho el abogado e incipiente político Ranson Stoddard, a quien da vida James Stewart, pero fue el pistolero encarnado por John Wayne quien mató al malvado. Sólo lo sabían ellos dos pero a la épica con la que se narra la construcción del país le convenía que se propagara la ficción en lugar de la realidad. Y Doniphon tuvo que vivir con ello, sabiendo lo que había hecho pero sin poder contárselo a nadie. Como si de Batman se tratara. Quizá tampoco lo necesitaba.
Quienes están obligados a actuar en la sombra, sin que nadie sepa lo que hacen a pesar de estar moviendo los hilos del mundo, son los espías al más puro estilo de James Bond o ‘Misión imposible’. Éstos ni siquiera tienen apenas contacto con los superiores, lo cual es llevado al extremo en la saga Bourne, donde, directamente, quienes eran sus jefes quieren acabar con él al convertirse en una pieza defectuosa de su organigrama. Había sido entrenado para cometer asesinatos selectivos de los que cambian la historia de todo un país pero, tras cumplir con su trabajo, su nombre nunca aparece en ningún libro de Historia. Es difícil llamar artista a un asesino.
También la mafia ha de actuar siempre a escondidas, sin
que se sepa que manejan a la clase política y a la policía y actuando a
espaldas de todo para el beneficio de la familia. Alguno de esos beneficios ha
de haber tenido la Federación para haber decidido realizar un asesinato
selectivo con los playoff y, como víctima colateral, con ese partido de
campeones que jugó el Racing. Se ha cargado lo mejor que tenían las categorías
que están por debajo del fútbol llamado profesional sin hacer demasiado ruido
y sin que nadie se haya atrevido a alzar la voz durante la temporada a pesar de
que este modelo de fase de ascenso parece estar diseñado por el enemigo público
número uno del fútbol. Quizá porque saben cómo se las gasta Michael Corleone
tras conocer lo que hizo en el llamado ‘Bautismo de fuego’, el cual se
desarrolla en los últimos minutos de la primera película de ‘El Padrino’.
En el mismo, los dones de las cuatro familias rivales de los Corleone son
asesinados. No hay bromas. Quien se mueve, no sale en la foto. Que se lo
pregunten, si no, a los que organizaron la Asociación de clubes de Primera
RFEF, que han logrado la imputación de Rubiales por coacciones y por haberles
amenazado con expulsarles de la competición al ver cuestionada su autoridad sólo
por crear dicha asociación.
El bautismo de fuego de 'El Padrino'.
El partido del viernes podía haber sido una gran fiesta pero la Federación quiso convertirlo en algo triste, quiso matar al autor y que su obra quedara sepultada. Que todo pasara desapercibido. Eder Sarabia, el entrenador del Andorra, dijo tras el encuentro que ellos incluso se habían ofrecido a jugar en Los Campos de Sport porque creían que era mejor un ambiente en contra que un partido a puerta cerrada. Si es una final, que se note. Pero hubo que jugarlo con nocturnidad y alevosía por parte de quienes lo organizaron. Con esa gente hay que lidiar.
Al final, los protagonistas de la aventura, los
entrenadores, técnicos y aficionados, se quedaron tan vendidos y abandonados
como los tercios dejados de la mano de su patria, su rey y su dios en ‘Alatriste’,
la versión que Agustín Díaz Llanes hizo de las novelas de Pérez Reverte. Y es
posible que Fernández Romo cogiera por el brazo a alguno de los incondicionales
que se presentó en Ferrol un viernes a las nueve de la noche como el
arcabucero aragonés Sebastián Copons coge al joven Íñigo Balboa antes de
morir a manos de la caballería francesa en Rocroi el 19 de mayo de 1643. Sabía
que ese día cenaría en el infierno, pero antes le dice al chaval: «Cuenta lo
que fuimos». Es lo único que queda: contarlo y valorarlo. Aunque le joda a la
Federación.
Alatriste y sus hombres, en Rocroi.
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