Un equipo berlanguiano

Berlanga conoció a Fred Zinnemann en Estados Unidos. Habían incluido ‘Plácido’ entre las candidatas a ga­nar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa y, desde el mismo momento en que la vio, el director de ‘Solo ante el peligro’ se convirtió en un admirador del valenciano por­que no entendía cómo había podido hacer aquella maravilla con tan poco presupuesto y en sólo siete semanas de rodaje. Cayó rendido ante los pla­nos secuencia de cuatro, cinco o siete minutos que encadenaba la pelícu­la sin que nada pareciera artificial. Todo resultaba fluido, orgánico y na­tural. Él, que diez años atrás se había exprimido los sesos para planificar la llegada del tren que espera Gary Cooper con sólo cinco personajes en la acción, vio cómo en ‘Plácido’ lle­gaba otro tren con más de doscien­tas personas en plano. Debió sentir algo parecido a lo que sentía Salieri con Mozart.


Se caracterizó Berlanga a partir de ‘Plácido’ por rodar sus películas a base de largos planos secuencia donde constantemente entran y sa­len personajes, donde la cámara si­gue a uno para después centrarse en el otro y donde uno puede dirigir la mirada a donde quiera y a quien quiera porque siempre va a descu­brir algo nuevo. Era un estilo que se amoldaba a sus repartos corales re­pletos de personajes. El Woody Allen de ‘Hannah y sus hermanas’ o buena parte de las películas de Robert Alt­man vienen a la cabeza de cualquiera tras ver ese trajín donde todo parece desordenado pero donde, en verdad, todo está muy ordenado.

El maestro valenciano no usaba el plano secuencia para presumir de virtuosismo. Los que él firmaba tie­nen poco que ver con el que hizo Or­son Welles entre la activación de una bomba y su explosión en el inicio de ‘Sed de mal’, con el de Brian de Pal­ma en la estación de tren de Nueva York en ‘Carlito’s way’ o con el de Alfonso Cuarón en ‘Hijos de los hom­bres’ en medio del caos. Su intención no era jugar con el tiempo real para aumentar la tensión y el suspense, sino, simplemente, meter a todos sus personajes en plano porque entendía que todos eran importantes, no sólo el protagonista. Es lo que está consi­guiendo el Racing, que, aunque en la segunda vuelta está manejándose con un once inicial bien marcado y reconocible, se ha beneficiado de la labor de personajes secundarios que han resultado decisivos para conse­guir victorias.

Cuando uno ve jugar al Racing de Fernández Romo, no debe perder la pista a nadie. Es cierto que Pablo To­rre destaca por encima y es el chico de moda, pero ni siquiera él es funda­mental porque su equipo ha ganado los cinco partidos que ha disputado en los que él no ha jugado ni un solo minuto. Y es cierto que Cedric está en estado de gracia, pero no habría consumado la remontada contra el Zamora sin ese pase de oro que le dio Borja Domínguez ni habría anotado el gol de la victoria en San Sebas­tián de los Reyes sin esa genialidad a sangre fría de Sergio Marcos en el interior del área. Ninguno de los dos son titulares pero han dado pun­tos. Como Parera bajo palos, Manti­lla cada vez que entra, Manu Justo cuando costaba ver puerta, Bobadilla con unos números extraordinarios, Marco Camus provocando el penal­ti del 2-0 nada más entrar al campo el pasado domingo o Javi Vázquez apareciendo de la nada. Todos son personajes berlanguianos porque éste quería que nadie estuviera por estar. Le gusta meter un detalle en cómo come la sopa el pobre que está al fondo de la habitación, en cómo aparecen aquellas coristas o en cómo le quitan la gorra a Manuel Alexan­dre. Por eso los planos secuencia de ‘Plácido’ y de las obras que estaban por venir, ya que pasaría a conver­tirse en el sello personal del director, están repletos de detalles donde uno se puede quedar a vivir.

Cuentan que a Berlanga no le gustaba dirigir actores. Entendía que si el guión estaba bien escrito, no hacía falta darle indicaciones por­que todo estaba en el libreto. Lo que sí les pedía era que hicieran cosas, algo que no le gustaba a Fernán Gó­mez, que trabajó con él en ‘Esa pare­ja feliz’ y, décadas después, en ‘Mo­ros y cristianos’. «No, a mí dime lo que tengo que hacer y yo lo hago», le respondía. Por eso su favorito fue siempre López Vázquez, ya que éste cogía un metro que encontraba por ahí y, como hizo en ‘El Verdugo’, de pronto se ponía a medir la cabeza de la niña que estaba su lado sin que viniera a cuento y sin que estuviera escrito en ningún lado. E improvisa­ba: «¡Que te he dicho que la niña es normal!». Vaya joya.

Como a Berlanga no le gustaba tener mucha relación con los acto­res, lo que hacía era tener a un gru­po de confianza con los que repetía. Por eso suelen estar ahí Pepe Isbert López Vázquez, Alexandre, Agustín González, Luis Ciges... No era nada nuevo. También John Ford recurría siempre a los mismos, a su propia compañía de secundarios y principa­les. Lo primero que hizo Fernández Romo para confeccionar su repar­to fue también llamar a su gente de confianza, a los que sabía que no le iban a fallar porque ya les había te­nido antes a sus órdenes. Por eso sus primeros fichajes fueron Pol Moreno y Fausto Tienza y, un poco más tar­de, llegó también Borja Domínguez. El primero ha tenido un papel este­lar desde el principio y al segundo le costó un poco más hasta ser, hoy en día, uno de los hombres más en forma del equipo, como demostró el domingo. En el primer gol robó, abrió a banda y remató a gol de cabe­za y en el tercero volvió a robar una pelota y entró al área con la deter­minación de un ‘nueve’ para que le hicieran un penalti de libro. A pesar de que en su tarjeta de presentación pone que es un centrocampista de contención, está siendo una figura vital para marcar goles fundamen­tales porque buena parte de la culpa del que marcó Cedric a la SD Logro­ñés fue también obra suya.

A Fernández Romo, como a Ber­langa, le gusta que estén todos los actores a la vista. El director valen­ciano, siempre de cachondeo, vendió sobre sí mismo que apostaba por el plano secuencia porque era un pe­rezoso y, sin tener que planificar ni después montar, bastaba con encen­der la cámara en un momento dado y apagarla en otro para contar la histo­ria que quería contar. Pero hace falta tener una mente muy clara y un don natural para hacer lo que hacía. Las escenas le salían fluidas, cada uno de los muchos personajes que apa­recían en pantalla sabían dónde te­nían que estar, dónde colocarse para que ese otro no le tape o por dónde debía aparecer. Todo funciona como una perfecta maquinaria, como una combinación ideal de coreografía, narrativa y sincronización que, en el fondo, ponía nerviosos a los produc­tores. Éstos creían que esa forma de trabajar retrasaba el rodaje, ya que demandaba uno o dos días de ensa­yo antes de encender la cámara. Sin embargo, cuando el director ya tenía la escena en su cabeza tras colocar a todos en su sitio sobre el tablero, decía ‘acción’ y grababa siete o diez páginas del guión de un tirón.

También al Racing le costó arran­car o que el resto creyera que iba en la buena dirección. Fernández Romo se tomó su tiempo para que la maqui­naria se articulara en condiciones y ahora parece que va sola y está inclu­so rodando más rápido de lo previsto. Los productores, los del dinero, están encantados. Ahora es un equipo tan temido como respetado. Cuando se encuentra con sus rivales, éstos ac­túan como Plácido cuando, durante su odisea para poder pagar a tiempo la letra del motocarro, se choca con el director del banco, el notario o el delegado. Asume que no puede me­dirse a ellos ni ponerse a su altura. Da la guerra de clases por perdida y ni se enfada. Es normal porque el Racing siempre gana.

 

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