Que no se corrompa

No es fácil despedirse de alguien como Pablo Torre, tener la certeza de que no vas a seguir disfrutando en primicia de todo su fútbol, que va a seguir evolucionando y maduran­do lejos y para beneficio de otros. El aficionado verdiblanco lo siente como un hijo y le ve marchar con la confianza al menos de que no cam­bie demasiado, siga siendo del Ra­cing y vuelva algún día sin haber roto el lazo que le une al club. Por eso cualquier racinguista podía haber tenido el pasado domingo con él la conversación que tiene Isaac, el per­sonaje al que da vida Woody Allen en ‘Manhattan’, con Tracy, la joven con la que había mantenido una re­lación que a última hora quiere re­cuperar. Lo hace tarde, cuando ella está a punto de irse a Londres como Pablo Torre lo está de marcharse a Barcelona.

Isaac y Tracy en Manhattan

Tracy, que como la perla de Soto de la Marina tiene también 18 años, se va sólo seis meses pero Isaac, que en un principio fue quien más la ani­mó a emprender esa aventura, quie­re evitarlo. Le parece mucho tiem­po porque sabe que en Londres va a trabajar en el teatro y se va a rela­cionar con actores y directores con quienes va a formar «lazos» y que la van a «invitar a comer». «Cambiarás, serás una persona completamente diferente», le dice el personaje de Woody Allen como si fuera un racin­guista temiendo ver cualquier día a Pablo Torre besando el escudo del Barça. «No quiero que cambies», le insiste. También el canterano se va a lo más alto, a rodearse de gente que no sabe cómo funciona el mun­do real porque lleva años viviendo en una burbuja. Sin embargo, ahí va la respuesta de ella, que pudo ser la misma que el joven jugador diera a sus hinchas más acérrimos el pasa­do domingo: «¿No quieres que viva esa experiencia? No toda la gente se corrompe. Tienes que tener un poco de fe en la gente».

Isaac no dice más. Nada puede res­ponder a eso sin dejarse a sí mismo en evidencia. Toca confiar en que Pablo Torre tampoco se corrompa y tenga al Racing siempre presente. El domingo le tocó protagonizar una despedida emotiva porque todas las buenas despedidas lo son. El racin­guista que ha visto cómo a la perla de su cantera le salían los dientes y le asomaba el bigotillo en La Alberi­cia se sintió el domingo como Elliot al separarse de E.T. La reacción del joven futbolista que está a punto de salir volando hacia las estrellas bien pudo haber sido como la del aliení­gena. «Voy a estar aquí», le dice. Y no señaló al corazón del niño como habría escrito cualquier guionista al peso que sólo buscara la lágrima fá­cil, sino a la cabeza. Porque es ahí donde se guardan los recuerdos. Es ahí donde los que acuden con frecuencia a su cita con el Racing custodian las maravillas que han visto hacer a su jugador: la remontada en cinco minutos contra el Rayo Majadahonda con dos goles tremendos, el que marcó en Sala­manca tras iniciar él la jugada en el medio campo y rematarla tirándose con toda la fe del mundo en el área pequeña, el penalti a lo Panenka y la vaselina en el Cerro del Espino, sus asistencias a Cedric, su personalidad a la hora de echarse el equipo a las espaldas y no venirse nunca abajo por mucho que le dieran patadas por todos lados... Todo eso está ya en la memoria del aficionado y ahí se va a quedar. Como E.T en la de Elliot. 


Despedida de ET y Elliot

No parece existir el debate en el entorno racinguista sobre si la mar­cha del jugador con sólo 18 años es propia de alguien que se dice tan ra­cinguista o no. No hay nadie que, cuando menos, ponga encima de la mesa el debate sobre por qué no es­pera al menos un año más para ver si consigue la proeza de dejar a su Racing en Primera División. Quizá se den por satisfechos al haberle dis­frutado dos temporadas en el primer equipo, ya que menos aún disfru­taron a Canales o a David Concha. Los que apuntan maneras siempre acaban volando porque quizá se ha­yan quedado con el final de ‘Casa­blanca’, cuando Rick (Humphrey Bogart) le dice a Lisa (Ingrid Berg­man) que, a pesar de todo lo que se aman, ha de marcharse porque, de lo contrario, se arrepentirá: «Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero pronto y para el resto de tus vidas». Es ahí cuando entra la metáfora del tren que hay que coger porque quizá no pase otro, porque quizá al curso si­guiente se lesione y ya no le quiera el Barça ni nadie. El miedo siempre condicionándolo todo, impidiendo elegir libremente.

 

Pablo Torre, despidiéndose de El Sardinero

La despedida de Pablo Torre en Los Campos de Sport no fue bajo la lluvia, en un aeropuerto y con noc­turnidad, sino con los aficionados puestos en pie, haciendo llorar al gran protagonista y haciéndole vol­ver una vez terminado el encuentro para que recibiera una última ova­ción. La grada era la septuagenaria de ‘Harold and Maude’, la película de Hal Ashby del 71, diciéndole a su joven amigo y amante que no se deje invadir por la nostalgia porque ha de seguir hacia delante dando forma a uno de los adioses más intensos y desgarradores jamás rodados. No fue el futbolista el único que lloró el domingo. Siempre hay uno que se va y otro que se queda junto al nido vacío.

Charlott y Bob, susurrándose algo al oído

Lo más probable, en el fondo, es que todo el mundo quisiera tener su momento con Pablo Torre para des­pedirse personalmente y poder decir­le algo al oído como Charlotte (Scar­lett Johansson) a Bob (Bill Murray) en ‘Lost in translation’. Ambos son dos seres perdidos, solos y fuera de contexto que durante toda la pelícu­la han dado la impresión de estar a un solo paso de iniciar una relación, pero nunca lo dan. Sólo son dos seres que se han apoyado el uno sobre el otro para salir momentáneamente del agujero en el que están metidos. Y ambos han salido porque se van a despedir en Segunda División. Lo que sucede es que, tras una primera despedida fría en el hall del hotel, ella le ve en mitad de una poblada calle cuando va en el taxi ca­mino del aeropuerto. Manda parar y corre hacia él para susurrarle una última despedida que quedará entre los dos. Nunca sabremos qué se di­cen ni, en el fondo, cómo termina esa historia. Cada uno puede interpretar una cosa del mismo modo que cada racinguista le diría una cosa diferente a Pablo Torre: uno que se quedara un poco más, otro que lo hiciera para siem­pre, un tercero quizá sólo le diera gracias y aquel de más allá le aconsejaría que no mirara atrás, que aprovechara y exprimiera las posibilidades que le puede brindar el fútbol.

 

Alfredo, despidiendo a Totó en la estación

Esto último es lo que le dijo Al­fredo a Totó en la recta final de ‘Ci­nema Paradiso’. «Cada uno de no­sotros debe seguir su estrella. Vete, esta tierra está maldita. Mientras per­manezcas aquí te sentirás el centro del mundo, te parecerá que nunca cambia nada, pero luego te vas un año o dos y cuando vuelves todo ha cambiado. No encuentras a quien quieres encontrar. Tus cosas ya no están. Debes ausentarte muchísimos años como para encontrar al regreso a tu gente, la tierra donde naciste», le dice el viejo ciego a su joven ami­go como si le estuviera hablando al mismísimo Pablo Torre. «No vuelvas, no pienses en nosotros, no llames ni escribas, no te dejes engañar por la nostalgia», le insiste después, cuan­do Totó está a punto de subir al tren que le llevará a Roma o al Barça, qué más da. Él, al contrario que Woody Allen en ‘Manhattan’, sí quiere que se corrompa y que no mire atrás para así, en su opinión, sacar el máximo partido a la vida que tiene por de­lante. Por suerte, sí vuelve. Alfredo sabe que lo haría y por eso le prepara el regalo de su vida. Así que seguro que la historia entre Pablo Torre y el Racing también continuará. Aunque sea dentro de muchos años.

 

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