Las consecuencias de las buenas intenciones

El padre Nazario, el protagonista de Nazarín, la película de Buñuel basada en la novela de Galdós, fue un quijo­te del sacerdocio. Como hiciera don Alonso Quijano, un buen día aban­donó todo lo que tenía para, en la po­breza más absoluta, emprender un camino que en su caso no buscaba la aventura del caballero andante, sino la santidad. Su intención fue socorrer a los más pobres y necesitados pero consiguió lo contrario. Quiso ser soli­dario y repartir amor y justicia pero lo que logró con sus bienintencionados actos fue sembrar odio e injusticia. No siempre de las buenas intencio­nes germinan gestos positivos. Nadie sabe, de hecho, cómo va a terminar esa historia que comenzó con los po­sitivos de Soko e Íñigo y terminó con los aplazamientos de los partidos que el Racing debía haber jugado ya ante Deportivo y Cultural. 

El club cántabro y la Federación te­nían razones de peso para haber pe­dido y consentido el aplazamiento del partido de Riazor. «No se puede ante­ceder el fútbol a la salud», aseguraban desde el club verdiblanco. Lo habría firmado Nazarín. Se habría subido en un remolque y lo habría declamado a los cuatro vientos. Era una afirma­ción irreprochable. Nadie se habría atrevido a replicarla. Dejaba clara una escala de valores que no se podía po­ner en cuestión sin parecer un soció­pata. Lo que toca ahora es apechugar con las consecuencias, ya que, como comprobó el padre Nazario, no siem­pre las buenas obras generan bondad y buenos sentimientos.

 

Es lo que se apreciaba en otra obra de don Luis Buñuel como Viridiana. Allí hay otra aspirante a santa que re­coge a vagabundos de las calles para llevárselos a un caserón de su tío don­de cristianizarles, reformar sus bárba­ras costumbres y, sobre todo, darles techo y comida, pero se le va de las manos. Sus buenas obras derivan en una colección de calamidades de las que pierde el control y todos los que iban a ser rescatados y acogidos en el seno de dios acaban incluso más em­brutecidos de lo que ya estaban.

 

Cuando el Racing pidió el apla­zamiento y la Federación lo apro­bó apenas 24 horas antes del inicio del encuentro, desde La Coruña re­accionaron de manera hostil llenan­do las redes sociales de dudas sobre los verdaderos buenos sentimientos racinguistas. Salieron las entrañas. Echaron cuentas, vieron que sólo había dos positivos y concluyeron que, en verdad, Fernández Romo y sus hombres se habían comportado como cobardes al huir del compromi­so para no tener que afrontarlo con cuatro bajas importantes como las de Soko e Íñigo, que eran los infec­tados, y Unai Medina y Camus, que eran los lesionados. El club gallego, por su parte, no fue por esa dirección, sino que apostó por la diplomacia. Al menos, en público, ya que sí mostró su tremendo enfado a la Federación. De puertas hacia fuera puso el foco, como cualquier espectador atento, en el peligroso precedente que se había establecido y que podía impedir que la competición avanzara con cierta normalidad, ya que, a partir de ese momento, un par de positivos pueden aplazar una jornada. Es posible que vengan curvas debido a esa virtuosa decisión federativa.

 

El aplazamiento del Racing fue se­guido por el solicitado por la Cultu­ral Leonesa, al que era imposible que se negara la Federación por mucho que contradijera su propia normati­va, que habla incluso de disputar los partidos con sólo cinco jugadores de la primera plantilla en el caso de que se acumulen los positivos. Con el pre­cedente escrito sólo unos días antes, el juez no tuvo más remedio que con­cederlo. Se va a quedar sin argumen­tos con los que rechazar una solicitud de aplazamiento. Quiso hacer el bien, quiso hacerlo bien, y se ha quedado desnudo ante la posibilidad de que la competición se quede atascada. 

 

Esta repentina reducción del listón por parte de la Federación a instancias del Racing ha hecho que el equipo verdiblanco se pase dos semanas sin competir. Eso como mínimo, ya que aún podrían ser más al no poder ga­rantizar nadie que se vaya e disputar el encuentro del domingo ante el Ba­dajoz. En cualquier momento pueden aparecer casos de coronavirus en el vestuario pacense y solicitar no via­jar por el peligro que supone meterse en un autobús lleno de contactos es­trechos de infectados. Un problema. Esa espada de Damocles va a estar siempre ahí aunque lo que ya no le van a quitar al conjunto cántabro es la obligación de jugar cinco partidos importantes ante grandes rivales en sólo quince días. Ahora mismo, por lo tanto, no está en condiciones de saber si la historia le va a salir bien o mal, si sus buenas intenciones van a generar bondad o maldad.

 

A Viridiana no le quedó más reme­dio que aceptar que no era una san­ta y se dejó llevar, derrotada y con el pelo suelto, por la vida terrenal. «No se lo va a creer, pero la primera vez que la vi, me dije: ‘mi prima Viridia­na acabará jugando al tute conmi­go’». Tras toda la película huyendo, bajo su aureola de santidad, de las in­sinuaciones de su primo, la virginal protagonista de la película no sólo se rinde a los placeres mundanos que atentan contra el sexto mandamien­to, sino que lo hace con su primo, lo que no deja de ser incesto, e incluso formando un trío con la sirvienta de éste, que está también en esa partida de cartas que tanto recuerda al final de El Apartamento, la obra maestra de otro grande como Willy Wilder. Es la derrota absoluta de ese espíritu virtuoso que desprendía en un princi­pio la aspirante a ocupar un sitio en el santoral. Comenzó mirando alto como comenzará el Racing el próxi­mo domingo sus quince días de cur­vas ante contrincantes de la talla de Badajoz, Deportivo, Unionistas, Cul­tural y Real Unión. Lo que habrá que ver es si termina jugando al tute o si mantiene la aureola sobre su cabeza tras, como dijo, haber dado una prio­ridad absoluta a la salud.

 

Buñuel es pesimista en ese senti­do porque Nazarín tampoco termi­nó mejor. Incluso pasó por la cárcel y allí recibió una lección por parte de un ladrón de mala muerte con el que compartió celda. «Míreme: yo hago el mal y uste hace el bien, pero, al fin y al cabo, su vida, ¿de qué sirve? Usted del lado bueno, yo del malo... Ningu­no de los dos servimos para nada», le dijo. Los dos terminaron en el mismo sitio. Lo mismo le pudieron decir a Jesucristo los maleantes con los que fue crucificado. Cabe la posibilidad de que el Racing llegue en mejores condiciones a su cita de Riazor pero que salga peor parado de los demás partidos que se le vienen encima por la proximidad de fechas entre unos y otros. Quizá acabe en el mismo sitio que si hubiera jugado ya. O no.

 

Al final, el personaje al que da vida Paco Rabal, que también hacía de primo de Viridiana, llega a fuerza de golpes a asumir que no es ni más ni menos que como los demás e inclu­so duda de su fe. Él intentó hacer el bien pero le salió mal. La Federación teme que le pase lo mismo y se le aca­be bloqueando la competición. Confía en que la pandemia se meta definitiva­mente debajo de la alfombra para que su buena acción no tenga consecuen­cias demasiado malas. Espera que no le pase como a Nazarín cuando va a dar los santos sacramentos a una jo­ven moribunda. Él quiere hacer su tra­bajo de santo sacerdote pero ni eso le conceden. «Juan sí, cielo no; Juan sí, cielo no», repite la enferma. Ella pre­fiere un último minuto con su novio que la vida eterna que le ofrece el pa­dre Nazario. La escena no puede ser más penosa. Tanto él como Viridiana pecaron, en el fondo, de la soberbia de quien se cree por encima. Sus in­tenciones, como las del Racing para impedir que surja un brote de Covid en el vestuario y, de paso, llegar en mejor disposición a Riazor, pueden ser irreprochables, pero nadie sabe cómo va a terminar la jugada. Aún no hay cartas sobre la mesa.

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