El vacío de después del éxito

 

Cuando uno ha encomendado buena parte de su vida a alcanzar un objetivo y finalmente lo consigue, lo normal es que después le invada un tremendo vacío que le obligue a replanteárse­lo todo. De pronto, necesita volver a encontrar un sentido a su existencia porque hasta ese momento todo ha­bía girado en torno a esa misión que, generalmente, él mismo se había au­toimpuesto. Lo cuenta bien el coreano Park Chan-wook en ‘Oldboy’, consi­derada una de las mejores películas del presente siglo y de la que Spike Lee haría un remake años después. A lo largo de la historia se entrecruzan dos venganzas. La que motiva la del protagonista principal es obvia por­que un buen día es secuestrado sin que nadie sepa con qué fin y se pasa quince años metido en una habita­ción con la única compañía de una televisión. Cuando, también sin mo­tivo aparente, es liberado, se dedicará prácticamente en exclusiva a conocer por qué le habían robado todos esos años y, llegado el momento, a vengar­se por lo que le han hecho. Pero no es el único que se quiere vengar.

 

Old Boy
 

La información sobre el origen de la otra venganza que aparece en la película se va administrando poco a poco hasta que el espectador adivina que ha sido algo planeado al detalle y madurado durante décadas. Ese ex­traño personaje ha dedicado toda su vida adulta a ejecutar un plan que, una vez consumado con éxito, deja trabado el motor que daba razón a su existencia. No hay nada más que hacer, para él ya no tiene sentido se­guir viviendo y por eso se pega un tiro. Que nadie sienta que le han destripa­do la película porque ese disparo es sólo una breve acción que a menu­do incluso pasa desapercibida por el impacto que ha recibido el público en los veinte minutos anteriores. Sin embargo, resulta reveladora y per­mite reflexionar sobre la siguiente estación a la venganza, sobre qué le queda a uno tras haber cumplido su supuesto papel en la vida.

Es lo mismo que se está pregun­tando el Racing estos días tras haber consumado el ascenso mucho antes de lo que el campeón de los optimistas podría haber adivinado. Lo logró la semana pasada, un mes antes de que se cerrara la competición. Una bar­baridad. En la ciudad se celebró a lo grande y durante los días siguientes se sucedieron las fiestas, las recep­ciones, las comidas y las cenas, ya fueran de carácter público o privado. Había razones de sobra para tirar la casa por la ventana y alargar la juerga por mucho que, en teoría, el martes se retomasen los entrenamientos. Los jugadores acudieron a su puesto de trabajo pero no se pusieron el unifor­me. No estaban para gran cosa. Sólo seis días después de estar en el balcón tocaba jugar en un lugar tan incómo­do como Tudela pero aquello no tenía sentido. El Racing ya había hecho lo que tenía que hacer. De pronto, se vio sin motivaciones para seguir jugando. Necesita encontrarlas.

 

La técnica de los cinco puntos y palmas

El personaje sin nombre al que da vida Uma Thurman en ‘Kill Bill’ en­cuentra la suya una vez que ha con­sumado su detallada venganza y ha matado tanto a sus excompañeros y compañeras como a Bill, el persona­je al que da vida David Carradine. Lo hace gracias a la técnica de los «cin­co puntos y palmas que revienta el corazón» que le había enseñado en secreto el maestro Pai Mei. Su eje­cución es rápida y letal: aplicada en los puntos adecuados, acaba con la vida de cualquiera en cuestión de se­gundos. Así, el hombre que estuvo a punto de matarla el día de su boda, que antes había sido su jefe y des­pués su amante, ya es un cadáver. Toda su vida había girado en torno a la de ese fiambre pero no la invade el vacío porque se encuentra con un motivo por el que seguir viviendo y peleando: su hija.

Cuando el Racing salió a jugar a Tu­dela tras haber matado a Bill el fin de semana anterior no sabía qué pintaba allí. Hacía mucho calor, estaba muy lejos de casa, en un campo semivacío y con un césped seco, duro e irregu­lar. Nadie tenía ganas de jugar ni de continuar. Que les dieran ya las vaca­ciones. El equipo se convirtió en un zombie de los creados por George A. Romero y, como éstos suelen ser lentos, torpes y hasta un poco estú­pidos, recibió tres goles. Fue su pri­mera derrota del año y acabó con una de las grandes motivaciones que po­día haber encontrado el equipo has­ta que se cerrara la fase regular, que era alcanzar e incluso superar los 86 puntos en los que está fijado el récord de la categoría de bronce en el fútbol español. Con lo que tenía por delante antes de viajar a Tudela se podía per­mitir ceder un empate, pero tras per­der ya sólo puede llegar a 85.

 

El Tudelano le hizo el pasillo a un Racing resacoso

En territorio navarro, el Racing ni siquiera se sintió con la obligación de mantener el tipo ante un tercero que pudiera estar vigilando porque el Tu­delano tampoco se jugaba nada. Es algo que no sucederá el próximo do­mingo contra el Valladolid Promesas ni al siguiente en Lezama contra el Bilbao Athletic porque ambos se están jugando eludir el descenso y al menos hay que mantener la vergüenza. Con más sentido aún deberá suceder en el partido contra el filial vallisoletano porque será el último en casa de una temporada que no merece despedirse con la imagen tudelana.

Lo malo es que despedirse de la po­sibilidad de superar el techo de Se­gunda B obliga a buscar otros retos. Por ejemplo, dejar el listón de Primera RFEF lo más alto posible para que el nombre del Racing se mantenga los máximos años posibles en el libro de los récords de la categoría, ya que no tiene la intención de volver. A esto hay que sumar la necesidad de mantener un buen nivel hasta el pitido final por­que el tres de junio hay otro partido con algo en juego que para algunos será simbólico y para otros importante. Supone la posibilidad de ganar un título, algo de lo que no anda sobrado el club. Y la afición está con ganas. He ahí un faro al que seguir mirando para tener motivos para le­vantarse cada mañana.

 

Centauros del desierto
 

Tras cumplir el objetivo que daba sentido a su existencia, el Racing pa­rece estar caminando ahora por el mismo desierto del que parece surgir Ethan Edwards, el personaje al que da vida John Wayne en ‘Centauros del desierto’, la obra maestra de John Ford. Cuando vuelve a casa no se sabe bien de dónde viene. Primero es un pequeño punto que se va haciendo cada vez más presente tanto para la pantalla como para la familia que le espera en el rancho. De hecho, la cá­mara ha salido del interior de éste y tampoco sabe gran cosa sobre él. Es un hombre del desierto, un frontera que está de paso pero que, finalmen­te, se tiene que quedar muchos años porque su vida, tras la derrota en la guerra, vuelve a tener un sentido: en­contrar a su sobrina Debbie, que ha sido raptada por los indios. Aunque quizá tarde, la termina encontrando, lo que le lleva de nuevo al punto de partida. Se le viene encima el vacío posterior a la venganza o, sencilla­mente, a la misión que ejercía de mo­tor de su vida. Por eso en el epílogo de la película monta en su caballo y se pierde otra vez en el desierto de donde había aparecido en el prólogo. La cá­mara, por su parte, vuelve a meterse al rancho junto al resto de la familia, que pertenece a un mundo diferente. No sabemos qué será de él.

 

El Racing entregó desde el balcón del Ayuntamiento a su Debbie par­ticular y ahora le queda este penoso caminar por el desierto hasta que el próximo tres de junio todo vuelva a tener sentido. Es lo malo de haber ascendido tan pronto, que da tiem­po a pensar demasiado y a tener que elegir si remangarse o no. En una de sus afirmaciones más racistas, Ethan Edwards dice: «El indio, tanto cuando ataca como cuando huye, es incons­tante. Abandona pronto. No compren­de que se pueda perseguir algo sin descanso. Y nosotros no descansa­mos». No hay duda de que el Racing descansó en Tudela. Ahora deberá elegir si quiere ser vaquero hasta el final o si prefiere ser comanche.

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