La gran juerga verdiblanca

 En 1967 se puso fin al Código Hays, el listado que, en la tierra de las liberta­des, detallaba qué tramas, comporta­mientos o asuntos estaban prohibidos y qué cosas podía enseñar o no una película. Coincidió en el tiempo con el fin de una era, con el del dominio absoluto de los grandes estudios y su sistema de elaborar películas -muchas de ellas obras maestras- como si de una cadena de montaje se tratara. Se inició entonces una especie de desta­pe a la americana que fue por dos di­recciones. Por un lado, tras unos años de felicidad, barrio residencial y una amenaza que sólo procedía del exte­rior, se empezaron a parir películas que enseñaban las miserias del pro­pio sistema americano. El país había perdido la inocencia con el asesinato de Kennedy, la guerra de Vietnam, Nixon y el Watergate y apareció una generación de directores, muchos de ellos procedentes no ya de la misma industria, sino de la uni­versidad, que diseccionaron su propia sociedad y demostraron que no son tan guapos ni tan buenos como les ha­bían contado. Por otro lado, se creó un nuevo género menos crítico y mucho más festivo y liberador que se llamó ‘gross - out’, que se podría traducir sin problemas como cine guarro.

Desmadre a la Americana
Es entonces cuando aparecen pe­lículas imposibles hasta poco an­tes como ‘Pink Flamingos’, de John Waters, un tipo en el que después se fijaría el incipiente Pedro Almodóvar para liderar el propio destape espa­ñol de la Movida, con la que se quiso tener entretenida a la chavalada ma­drileña en los albores de la democra­cia. Dicha película, protagonizada por la drag queen ‘Divine’, que pasó a ser estrella del underground de la época, es toda una provocación con imágenes difí­cilmente digeribles para quien le co­jan por sorpresa. Es la hipérbole de ese nuevo tiempo que cruzó la línea y que permitió la aparición, dentro de ese cine guarro, de las películas de las grandes juergas universitarias. Tan grandes como la que se espera el próximo domingo en Los Campos de Sport.

Porkys
En 1978, John Landis dirigió ‘Des­madre a la americana’, una cinta se­minal que abrió un camino que in­cluso hoy se mantiene vigente con películas de un corte similar. Pene­tró la película en esas grandes fiestas universitarias fáciles de presuponer cuando se reúnen miles de adoles­centes con las hormonas disparadas rompiendo tabúes existentes hasta entonces y haciendo evidentes las frustraciones, dudas y deseos de los chavales de la época. Se refleja bien en ella el conflicto entre el folk y el country, que miraban a un pasado nostálgico, y el llamado ‘frat rock’, que era puramente festivo y con el que John Belushi se los gana a todos. No hay filtros. Es puro ‘gross - out’ como el que después continuarían Porky’s en los ochenta, ‘American Pie’ en los noventa o títulos como ‘Resacón en Las Vegas’ o ‘Jacuzzi al pasado’ en los dosmiles. Primero se acabó con la censura, aunque no les gustara llamarlo así, y después co­menzó a sonar la música.

En el Racing han mantenido su pro­pio Código Hays hasta el fin de sema­na pasado. Daba pánico hablar de que el ascenso estaba encarrilado y prácticamente hecho. El racinguista se ha llevado tantos golpes en la últi­ma década que intuía que algo iba a suceder, que tanta felicidad no podía ser real y que el equipo iba a entrar en barrena para acabar sufriendo otra vez. Del mismo modo que en el cine americano de los cuarenta, cincuen­ta y sesenta nunca se podía mostrar comprensión por el malo o el peca­dor, utilizar ciertas palabras o mos­trar «una lascividad excesiva», en el club verdiblanco y en su entorno pre­ferían hacer como si no pasara nada. Pura austeridad. El segundo estaba a nueve puntos, pero sólo había que pensar en el siguiente partido. Fer­nández Romo y sus hombres nunca se han salido del camino, se han tomado cada partido como si fuera el último y el más difícil y quizá por eso hayan superado tan pronto esa línea que ya permite empezar a bailar.

Ganar al Rayo Majadahonda aca­bó con la seriedad y el miedo y se ha dado rienda suelta al propio destape verdiblanco. No salen tetas de manera gratuita pero sí se habla de ascenso sin pudor alguno. Incluso se deba­te sobre si es mejor o peor que gane el Deportivo el siguiente encuentro. El éxito es un hecho y ahora lo que toca es preparar esa gran juerga que se espera para el próximo domingo. Es posible que ese día el Racing ya haya ascendido si el equipo coruñés no gana el sábado a la UD Logroñés pero, si no es así, a los hombres de Fernández Romo les bastará con em­patar ante el Celta B. La juerga está preparada.

 

Supersalidos
La venta de entradas avanza a un ritmo imparable y a buen seguro que se rondará el lleno en Los Campos de Sport. Es uno de esos días en los que hay que estar, en los que se transmite racinguismo entre las nuevas gene­raciones y se alimenta el sentimiento verdiblanco. Toda la semana será un caminar hacia el domingo a medio­día similar al de los tres protagonis­tas de la mejor película que, posible­mente, haya dado el género de las fiestas adolescentes en las últimas décadas. Se titula ‘Superbad’ pero algún iluminado la tituló en España ‘Supersalidos’ dando a entender que era una película chorra cuando, en verdad, es algo más. Sus personajes, a los que les encargan conseguir alco­hol a pesar de ser menores para po­der asistir a una fiesta a la que creían no tener acceso, son tan inmaduros como los de ‘Desmadre a la america­na’, pero su comportamiento no deja de ser un reflejo de sus inseguridades y temores, incluso de la dificultad de mostrar en público una cierta sen­sibilidad masculina que la sociedad obliga a reprimir.

Entre el racinguismo también ha habido reprimidos, pero han supera­do la prueba, han conseguido el alco­hol y están dispuestos a ser los reyes de la fiesta. Ésta está anunciada y tie­ne fecha y hora. Como la ceremonia de ‘La boda de Rachel’, la película que en 2008 firmó Jonathan Demme, el director de ‘El silencio de los corde­ros’, con Anne Hathaway como pro­tagonista. Durante toda la cinta, da la sensación de que la gran celebra­ción se va a arruinar y de que el gran día va a ser un fracaso. Es normal ser del Racing y esperar que todavía pue­da pasar algo porque el racinguista ha sufrido mucho, pero aquella boda acabó saliendo perfecta. Incluso el racinguista más descreído puede re­cuperar su camiseta verdiblanca del fondo del cajón.

Será una semana de preparativos en Santander, similar a los días pre­vios a la visita de los americanos en Villar del Río narrados en ‘Bienvenido Mr. Marshall’. Aquello también iba a ser una gran fiesta. Pusieron guirnal­das por la calle, contrataron a una fol­clórica y cada uno de los habitantes detalló qué quería pedir a los visitan­tes. El racinguista hace lo mismo. Ya sabe que su equipo estará en Segunda y para el próximo año uno pedirá un delantero bueno, otro la continuidad de Pablo Torre como cedido, otro que no se olvide a la cantera y el de más allá que por fin, tras tres intentos, a la cuarta sea la vencida y el Racing pue­da al menos enlazar dos años conse­cutivos en el fútbol profesional. Llega­rá el momento de pensar en todo eso, pero será después de la gran juerga. Lo único que hay que esperar es que ese día los americanos no vuelvan a pasar de largo, como sucede en la pe­lícula de Berlanga y como sucedería si gana el Deportivo y pierde el líder delante de toda su gente. El ascenso seguiría siendo una realidad no matemática, pero se desinflaría el globo. No de­bería ser así porque las ‘gross - out’, las películas guarras, suelen acabar por todo lo alto.

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