El fin de la superstición

Hay quien piensa que si no hace algo de una determinada manera se va a morir; que le va a caer un piano en la cabeza, va a sufrir una enfermedad o, sencillamente, le va a salir mal. Melvin Udall, el personaje al que daba vida Jack Nicholson en ‘Mejor imposible’, ofrecía todos los días un espectáculo patético por las calles de Nueva York porque se ha­bía autoimpuesto la prohibición de pisar las líneas de las baldosas de la acera. Comía siempre con cubiertos desechables porque no podía ha­cerlo con otros que hubieran sido utilizados previamente por otras personas y sólo podía atenderle la misma camarera de siempre, lo que da lugar a la historia que culmina­ría con el premio Oscar para cada uno de los intérpretes. Su persona­je bien pudo haber estado inspira­do en la figura de Howard Hughes, que, como contó Martin Scorsese en ‘El Aviador’, era otro enfermo de la pulcritud que se frotaba de manera frenética y obsesiva las manos aun­que antes simplemente hubiera to­cado una puerta.


En unas ocasiones se trata de un trastorno obsesivo-compulsivo y en otras de simples supersticiones. Incluso pueden ir ambas unidas o ser difícilmente distinguibles, como quien necesita apagar y encender siete veces las luces antes de en­trar en una habitación o cree que si ve a la novia antes de la boda todo va a ir mal. En tiempos de la crisis capitalista del 2008, se produjo un auge de creencias alternativas y, por supuesto, no basadas en expe­riencias científicas como el tarot, la astrología o el feng shui. Qué de­monios, hasta hubo casi cuatrocien­tos mil españoles que se gastaron 35 euros en una pulsera de silicona porque les aseguraron que restau­raba su «equilibrio electromagnéti­co». Y quienes la llevaban juraban que era cierto aunque no supieran ni qué significaba eso. Decían que se sentían mejor y, de este modo, quizá se autoconvencían de no ha­ber sido estafados.

Los jugadores de fútbol tienen sus propias supersticiones. Unos han de entrar siempre al campo con la pierna derecha y otros santigüar­se tras salir del túnel de vestuarios como si fueran una señora de pos­guerra saliendo del portal de casa. Los equipos también tienen las su­yas y la del Racing era dejar para la segunda parte marcar en la por­tería de ‘La Gradona’. Sin embar­go, la ha superado. Ha confirmado que era un temor infundado, una costumbre que le convertía en pri­sionero de la misma, ya que creía comenzar en desventaja si perdía el sorteo. Ahora no. Ha demostra­do estar por encima de ello y se ha liberado de esa carga a base de acu­mular victorias mirando primero al fondo norte.


Tiene mérito porque hay costum­bres de las que es complicado des­prenderse. Edgar Wright, autor de obras que mezclan de manera bri­llante el sentido del humor con el del espectáculo y el de la acción, como demostró en ‘Arma fatal’ o, sobre todo, en la gran ‘Zombies par­ty’, dirigió en el 2017 ‘Baby Driver’, que cuenta la historia de un joven conductor que participa en gran­des robos. Es el mejor en su traba­jo, pero no puede hacerlo sin estar acompañado por los Damned, los T. Rex, Beck, Queen o incluso los Beach Boys. La película es una co­reografía perfecta en la que todo se mueve al compás de la música. Nada tendría sentido sin la banda sono­ra. El personaje principal lo sabe y por eso llega a arriesgar un plan y, por consiguiente, prácticamente su vida por la necesidad de coger an­tes sus auriculares. Sin ellos pasa de ser Superman a Clark Kent, In­diana Jones sin su sombrero. Son supersticiones, manías sin las cua­les se queda desnudo como se que­daba el Racing cuando le tocaba co­menzar donde no le gustaba.

Algunos equipos rivales conocían esa tara y por eso su primer objetivo era siempre incomodar al conjunto cántabro cambiándole el orden es­tablecido en su cabeza. Hasta hace nada, la reacción ante esta situación era la misma que la de Bruno, el per­sonaje de la película de Disney ‘Encanto’, que tenía la capacidad de ver el futuro. Como no siempre era bueno, a veces tenía que decir verdades que no gustaban, por lo que prefiere exiliarse que decirlas. Es un supersticioso de manual por­que en todo momento se está echan­do sal por encima de los hombros y tocando madera para poner todo de su parte por cambiar ese desti­no que se le aparece. No le sirve de nada, claro. Al final, el balón siem­pre echa a rodar.

A la hora de cambiar lo que ya era tradición en El Sardinero, siempre fue clave que haya exracinguistas en los equipos rivales que conozcan el secreto. Y los ha habido última­mente. El Badajoz de Dani Aquino y David Concha intentó empezar a ganar el partido desde el sorteo, pero lo perdió. Sin embargo, el Real Unión de Quique Rivero y la Cultu­ral de Julen Castañeda y Dani So­tres los ganaron, por lo que hicieron al Racing romper con su supersti­ción. Y no le fue mal, ya que ganó por goleada ambos encuentros (4-1 y 4-0). Alguien pensó entonces que quizá todo era una patraña y apro­vechó la disyuntiva para librar al equipo cántabro de una pesada car­ga para que ya no fuera necesario que la moneda saliera cara para co­menzar con buen pie.


Por eso Íñigo, a pesar de ganar los sorteos en los partidos contra el Zamora, que se presentó con Ju­lián Luque en sus filas, y contra la SD Logroñés, que lo hizo con Sobe­rón, Jon Ander y Caneda, ha elegido mandar a la basura toda estúpida superstición y dejar de creer en las estrellas. Ha elegido comenzar mi­rando al fondo norte porque antes había podido demostrar empírica­mente (a base de victorias) que no sólo no les perjudicaba, sino que incluso les había podido beneficiar. La ciencia contra la magia y el ocul­tismo, Sherlock Holmes revolucio­nando la investigación policial con su proceso deductivo o Guillermo de Baskerville, el protagonista de ‘El nombre de la rosa’, novela que fue llevada con éxito al cine por el fran­cés Jean Jackes Annaud, luchando con la inteligencia y sus métodos racionales contra los fanatismos y supersticiones de los monjes be­nedictinos que habían llegado a la conclusión de que el que sabe de­masiado, muere.

El Racing ha perdido el respeto a lo irracional haciendo evidente la estúpida situación que había gene­rado la tradición. Lo mejor es que con ello también se lo ha perdido al rival. Dijo Cedric la semana pasada en una entrevista en la Ser que ya no salían a jugar con tanta consi­deración hacia sus oponentes, sino que ahora lo hacen con ánimo de arrollarles. Lo ha visto cualquiera. Y esos inicios de partido tan ambi­ciosos que viene ofreciendo el con­junto cántabro en su campo desde la visita del Real Unión han coincidido con estos cuatro partidos consecu­tivos en los que ha empezado mi­rando hacia ‘La Gradona’ durante el primer tiempo, lo que podría ex­plicarse por la mayor capacidad del fondo más animoso para enchufar a los jugadores y pedir un mayor esfuerzo en la presión. Es siempre mejor un argumento racional a uno pseudocientífico, pero no siempre los hay. Que nadie se atreva a de­cir cinco veces ‘Candyman’ frente al espejo.

 

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